Mi burbuja

27 04 2008

 

Yo soy dueña de mi burbuja y como tal decido quien sí y quien no puede estar dentro de ella. En ella podemos estar mi coche y yo si voy conduciendo en el por un callejón estrecho sintiéndome perfectamente capaz de pasar por él sin tener que ir mirando constantemente por los espejos retrovisores, o en esa flexible burbuja de mi propiedad pueden caber 40 personas componentes del coro en el que canto cuando estamos encima de un escenario. 

Si un día me levanto algo solitaria y reflexiva, sin ganas de juerga, mi burbuja me acompañará rozándome la piel. Si la gente que me conoce bien, ve que tengo un día así, me dirá…¡Lidia estás en tu burbuja!

Y puede ser el caso, de que alguien te esté invadiendo tu espacio personal, acercándose más de la cuenta…sabes a lo que me refiero…ese momento en el que hablas con una persona con la que no tienes apenas confianza, pero que por misterios de la vida, o por desconocimiento mío, se acerca demasiado hacia tí, en esos momentos, parece que vas a sufrir una hiperextensión de cuello hacia atrás intentando huir de tu cazador sin que este se entere, y sin embargo por mucho que se te acerque no está dentro de tu burbuja, por muy cerca que esté de tu piel…tu burbuja tiene reservado el derecho de admisión.

 





Ecce Homo allá vamos

27 04 2008

 

  

Este jueves tuve el placer de pegarme una pequeña palicilla al hacer una marcha con los compañeros de INEF.

 

Después de haber estado cuatro semanas de prácticas, sin moverme ni por la mañana ni por la tarde, mi cuerpo me pedía a gritos moverse, volver a estar agotado físicamente. Necesitaba recordar las sensaciones que se producen el estirar ciertos grupos de músculos que tenemos atrofiados debido a nuestra sedentaria vida.

 

Mi predisposción para ir a la excursión fue la mejor que pude tener. La noche anterior estaba muy contenta, deseando ir tanto por la excursión y el ejercicio que iba a hacer, como por ir con mis compañeras y por el hecho de que íbamos a ir con alumnos de INEF, eso también me alegraba.

 

Cuando me levanté, preparé todas las cosas que necesitaba, pero al ir de camino a Alcalá, pensé…¡Pardiez! (voy a ser fina) ¡Me he olvidado de coger las chanclas! Y Comencé a pensar…y ¿cómo cruzaré el “limpio” río Henares?

 

Cuando me reuní con mis compañeras y llegamos al pabellón estuvimos esperando entre media hora y cuarenta y cinco minutos. En ese transcurso nosotras ya empezábamos a decir…uy! Muy mal!! Están siendo impuntuales, esto hay que apuntarlo. La verdad, es que no nos gustó, porque nosotras estuvimos clavadas a la hora que se nos dijo. Cuando llegaron, que lo hicieron por goteo, el profesor, solo nos dijo: “Hola soy el profesor, vosotras de psicopedagogía…La clase se ha retrasado un poco, por eso estamos llegando tarde.”

 

Cuando ya pusimos rumbo, íbamos cada uno con nuestro grupito (de amigos). Al llegar a la presa (donde teníamos que cruzar el río) nos dividimos en dos grandes grupos, los que pasarían el río mediante el puente hecho con cuerdas, y el que lo haríamos mediante la tirolina.

 

Nuestro grupo estaba formado por Dani, Jaime, Carlos y Tati de INEF; y de Psicopedagogía éramos Lara, María, Fátima y yo.

 

Estuvimos esperando alrededor de una hora hasta que la tirolina estuvo puesta. En el transcurso de ese tiempo, los alumnos de INEF; nos ofrecieron chucherías que llevaban sus mochilas y nos estuvieron enseñando a colocarnos los arneses y los cascos.

 

Una vez que colocaron la tirolina, fui la única afortunada de Psicopedagogía que pudo cruzarla, porque se hizo demasiado tarde y teníamos que comenzar con el itinerario. Los chicos que me esperaban a la otra orilla fueron muy simpáticos conmigo y rápidamente comenzamos a hablar. Mientras, mis compañeras estaban cruzando el río por el puente hecho con cuerdas. Mi mochila quedó al otro lado, y Jaime fue rápidamente a avisar de ello para que la cruzaran.

 

Mientras esperábamos a las chicas que quedaban de psicopedagogía del grupo de la tirolina, Jaime me fue explicando como utilizar la brújula, y me puso unos ejemplos y me ayudó hasta que yo fui capaz de hacerlo sola. Cuando llegaron mis compañeras, y mi mochila con ellas, volvió a explicar como utilizar la brújula. No pareció importarle explicarlo de nuevo. Cuando comenzamos a ir hasta el primer punto, fuimos hablando entre todos, poco a poco.

 

A medida que pasaba el tiempo íbamos hablando más. Incluso llegamos a ir cantando el que será nuestro himno de graduación “Pica pica pollito”, a Carlos le gustó tanto que fue tarareando la canción a ratos durante la excursión.

 

Jaime claramente, actuaba como líder. Era el que conocía mejor la ruta, se preocupaba mucho por enseñarnos, por aconsejarnos y contaba experiencias que le habían pasado. Dani también nos enseñaba muchas cosas, pero iba en otra línea a la de Jaime. Dani parecía más cercano, Jaime parecía casi un profesor. Se notaba que a ambos le gustaba los que estaban haciendo y lo mostraban, cosa que me pareció estupenda porque aprendí mucho de ellos. Carlos y Tati aportaban sus opiniones en menos ocasiones, pero aún así valiosas.

 

Cuando a lo largo del camino aparecía una bifurcación y el itinerario a seguir estaba dudoso, lo primero que hacían era preguntarnos a nosotras, ya que se suponía que éramos nosotras las que teníamos que guiarles a ellos. Pero cuando veían que la cosa estaba difícil para nosotras lo discutían entre ellos, sobretodo se guiaban por lo que decía Jaime, porque como he dicho antes, era el conocedor de la ruta, y los demás aportaban su opinión.

 

A la hora de subir al Ecce Homo, se hicieron dos pequeños subgrupos. Unos íbamos más adelante, y otros más atrás. Lara se cansó bastante y Tati y Dani junto con María estuvieron parados con ella mientras se reponía y comía algo.

 

Una vez arriba, estuvimos unos quince minutos, cuando quisimos bajar, Tati y Carlos decidieron ir por su cuenta porque se les estaba haciendo tarde.

 

La bajada fue mucho mejor que la subida, porque optamos por seguir el camino largo pero con menor desnivel, con esto quiero decir, que al subir no volteamos el Ecce Homo como hace el camino largo, sino que subimos por un camino en el que apenas cabe un pie tras el otro y muy empinado, así que la bajada era coser y cantar.

 

Fuimos hablando entre todos, tranquilamente. A veces unos quedaban más atrás que otros. Pero nos esperábamos de vez en cuando.

 

 

Al llegar al punto donde eché más en falta mis chanclas, la presa del río, me tuve que descalzar y cruzarlo con mis calcetines. Jaime iba delante de mí, y me iba diciendo donde tenía que pisar para no escurrirme. El agua estaba helada, y se me hizo largo hasta que dejé de sentir las piernas (como Rambo).

 

 

 

Cuando todas cruzamos el río, nos quedamos solas con el profesor porque Dani y Jaime se fueron hacia el pabellón.

 

Cuando llegamos al pabellón, nos cambiamos, y descansamos un poco. Salimos del pabellón pero decidimos volver porque creíamos que debíamos despedirnos de Dani y Jaime (que estaban cambiándose), y les estuvimos esperando hasta que salieron del vestuario. Una vez todos juntos de nuevo, intercambiamos los mails para enviarnos las fotos y para que nos avisen de la próxima marcha que hagan a nuestro nivel.

 

La verdad, es que a mí me gustó mucho la experiencia y me gustaría repetirla. Me gustó conocer el grupo y el hacer una marcha en la que me cansé, ¡¡con las ganas que tenía!!